Pazo das Cadeas | HISTORIA
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NUESTRA HISTORIA

En el mes de abril del año de 1690, España espera ansiosa la llegada de su nueva Reina Mariana de Neoburgo que un año antes había casado por poderes con el rey Carlos II, último que fue de la dinastía de la Casa de Austria. El rey no ha acudido a recibir a su nueva esposa, tal como había supuesto en un principio, pero no se le critica, ya que de todos es conocido su precario estado de salud.

Por mar, arriba a Ferrol la importante comitiva; más de veinte navíos de guerra de la Armada Británica acompañan a la reina. La ciudad se vuelca en fiestas con su nueva reina, que es agasajada durante tres días, partiendo después hacia A Coruña.

La antigua capital del Reino de Galicia la recibe con los brazos abiertos, entregándose por completo al solaz y la diversión. La esposa del rey es acogida con toda solemnidad por el Arzobispo de Santiago en la Real e Insigne Colegiata de Santa María del Campo. Una vez finalizada la ceremonia, la invita a visitar en su próximo viaje a Santiago de Compostela los restos del Apóstol que se conservan en la catedral.

El día 14 de abril de aquel año, enjaezados los caballos y dispuestas las carrozas, el cortejo compuesto de consejeros, damas, pajes, capitanes de tercios y soldados – sumando un total de mas de 60 personas – está presto a partir hacia Santiago.

El tiempo es amenazador y se esperan fuertes lluvias y tormentas. Llegando al pueblo de Carral, la reina manda buscar asilo en alguna casa del Valle de Barcia, donde poder pernoctar, antes de iniciar el empinado y difícil camino que conduce hasta O Mesón do Vento.

El dueño del pazo de Herves, un hidalgo de condición menesterosa, de larga melena canosa y piel surcada por el tiempo, recibe la noticia y acepta con agrado acoger a la comitiva y gozar del honor de que la reina pase en su casa la noche. Cuando a media tarde llegan al portón del pazo, éste es solemnemente abierto por los criados del señor de la casa y la reina entra a pié por el patio que lleva a la puerta principal.

Antes de entrar en ella, solicita acceder a la capilla anexa al edificio a fin de agradecer al Señor que haya encontrado tan oportuno refugio.

Pasan más tarde al gran comedor, ubicado en la planta baja del pazo, cercano a las cocinas. A la luz de las velas, la mesa es servida por criados; para la improvisada cena se han preparado caldos con los mejores repollos de la huerta, se han asado pequeños capones de los corrales de la finca y se ha cocido una pata delantera conservada en sal desde la última matanza, que es acompañada de las mas exquisitas verduras. De postre, frutas aún no hay, pero sí sabrosos quesos.

Dos mozuelos, hijos de una de las criadas, son los encargados de conservar el fuego durante toda la madrugada a fin de que la reina no pase frío en aquella gélida noche primaveral.

La comitiva es alojada en las dependencias próximas a la casa y los carruajes estacionados en la entrada trasera.

Pasaron así dos días. Al tercero, a primera hora, el capellán celebra misa en la capilla para rogar a los santos una mayor clemencia en el estado del tiempo, a fin de que puedan llegar sin percance a la meta de su viaje.

La reina ordena llamar al viejo hidalgo propietario del pazo y personalmente le invita a sentarse a su lado como agradecimiento de su espléndido recibimiento. Charlan durante largo tiempo como si de viejos amigos se tratara.

Un palafrenero pide permiso para entrar en el comedor y comunica a la reina que la comitiva está presta para partir y que su caballo está ya enjaezado. Agradece de nuevo al señor del pazo tan entrañable acogida y, con pena, parte hacia Santiago. El cortejo comienza a remontar la empinada cuesta que les conduce hasta O Mesón do Vento y, desde lejos, despide el viejo hidalgo a su reina, cimbreando su mano por última vez.

No pasa mucho tiempo antes de que el señor del pazo de Herves reciba noticias de su rey, que otorga a su fiel súbdito “Derecho Real de Cadenas, como agradecimiento al recibimiento y acogida dada a mi real esposa, doña Mariana de Neoburgo, en su llegada a su reino”. La cadena original regalada por el rey aún se conserva y es la misma que enmarca al portón de entrada en su parte exterior.

Desde esa fecha, llámase a la casa “Pazo das Cadeas”, que son gran honor y significan “derecho de asilo” para los que, perseguidos por la ley, acudan en busca de refugio y sean merecedores de que el dueño de la casa les proteja.